Dime algo bonito

Una de las cosas que más me apenó de terminar el COU y empezar la Universidad fue el dejar de jugar y entrenar con el equipo de baloncesto del colegio. La verdad  es que no jugábamos ni competíamos a un nivel muy alto con el resto de colegios de Madrid, pero el  jugar en los patios de mi colegio y de muchos otros se había convertido en algo obligatorio las mañanas de los sábados durante 8 años. Esta añoranza y el ganarme un dinerillo mientras estudiaba hizo que me apuntara como árbitro y me levantara a las 07:30 de la mañana un sábado para ir a pitar a un Colegio en Alcobendas, algo que en ocasiones resultaba tremendamente difícil para un chico de 17-18 años.

Empecé arbitrando partidos de alevines e infantiles. Poco a poco, cuando ya se poseía experiencia como árbitro, te iban dando partidos de categoría Senior; más tensión ente los jugadores y entrenadores pero también mejor pagados. Recuerdo un partido de esta categoría en el  que un equipo estaba jugando casi a la perfección, no dejaba respirar al equipo contrario en defensa y las canastas se producían prácticamente todas al contrataque fruto de la presión que ejercían siempre al base contrario. Era un partido en el que hasta yo como árbitro estaba disfrutando del juego de un equipo y mi labor pasaba totalmente desapercibida ya que la tensión de los entrenadores la dirígian a sus equipos, uno demandando más tranquilidad en ataque para no cometer más errores y el otro porque seguía pidiendo intensidad a sus jugadores a pesar de ir ganando con holgura. No importaba lo bien que lo estuvieran haciendo, parecía poco para su carácter ganador; quería más y criticaba a sus jugadores los fallos que podían tener. Cuando quedaban pocos minutos para terminar el partido, y con el marcador claramente a favor, este entrenador pegó un grito y cambió a un jugador por dar un pase a un compañero cuando éste no estaba mirando recriminándole y pidiéndole más atención. La reacción del jugador no se hizo esperar y vino a decir algo parecido a: “¡¡Cambiamé ya, pesado!!. De los 4 balones que he recuperado no has dicho nada”.

En los cursos de habilidades de Gestión de Equipos en los que a veces participo me gusta preguntar a los Responsables “¿felicitáis a vuestros colaboradores cuando hacen algo bien?”. Se suele generar un interesante debate, pero al final, lo que suele  predominar es “No se tiene que felicitar a nadie por hacer su trabajo. Sólo cuándo lo merecen y hacen algo destacado, lo que no suele pasar con frecuencia”. No soy partidario tampoco de dar premios ni palmaditas en la espalda por cualquier motivo; no porque no se merezcan, sino porque con el tiempo esa palmadita o esa recompensa perderá fuerza y no servirá de elemento motivador al compañero , más bien puede ocurrir todo lo contrario, te la exigirá cuando realice bien su tarea y correrás el riesgo que baje los brazos si no le das un premio. No obstante, entre esto y no felicitar nunca o hacerlo en las ocasiones que se ha conseguido un logro importante o en los espacios reservados para ello como puede ser la entrevista de desempeño, existen multitud de situaciones que se suelen desaprovechar para motivar a los compañeros y colaboradores. Basta con una felicitación, oral o escrita para reconocer su buen hacer en una determinada ocasión, sacarle una sonrisa al compañero animándole a seguir trabajando y realizando bien las cosas.

Recuerdo cuando estudiaba en la carrera de Psicología y veíamos los programas de refuerzo del  aprendizaje nos enseñaban que para mantener una determinada conducta, los mejores programas eran los de refuezo variable. Es decir, sabes que te van recompensar pero no sabes cuántas veces tienes que hacer una acción para que te den un premio. Para entenderlo mejor, lo podemos ver con un el éxito de estos programas en la adicción a las tragaperras por parte de muchas personas. La persona que juega sabe que va a tocar el premio y repite una y otra vez la acción de echar monedas a la máquina porque no sabe cuándo su insistencia va a tener recompensa.

La pregunta entonces es clara, ¿por qué los entrenadores, jefes, superiores o compañeros no recompensamos de manera variable?.

No vamos a felicitar a nuestra secretaria por organizarme un viaje, hacerme el filtro diario de las llamadas o cualquier otra tarea que esté en la descripción de su puesto de trabjo, pero sí que puedo hacerlo si un día ha resuelto con rápidez una incidencia por una cancelación de un vuelo que tenía que coger. Tampoco vamos a felicitar a nuestro técnico de proyectos por cada avance diario que hace; pero no deberíamos esperar año y medio a  que se haya terminado de implantar en el cliente. Podríamos recordarle cada uno, tres o siete meses que estamos muy contentos con el trabajo que está realizando,porque ¿acaso no le corregimos y criticamos cuando  se desvía del objetivo propuesto?

Encontrar los intervalos de tiempo y/o de repetición de conducta que tienen que pasar para felicitar y recompensar a un trabajador es ya tarea del Responsable. Volviendo al símil de los juegos de azar, es obvio que una persona se enganche más facilmente si en las primeras jugadas en la máquina le toca un BONUS  a que no lo haga, por lo tanto los mandos han de adaptar su estilo de dirección y liderazgo en función de las necesidades personales y el grado de madurez profesional de su equipo.

Adjunto un vídeo muy relacionado y que me lo ha recordado Montse a través de Linkedin Gracias!! 

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